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(Capítulo del libro: ‘El Sermón de la Montaña’ de Huberto Rohden)

Palabras equivalentes a estas aparecen innumerables veces, y con gran insistencia, en la doctrina de Jesús, como también en todos los grandes maestros espirituales de la humanidad. Estrecha es la puerta y angosto el camino que conducen a la vida eterna – al paso que ancha es la puerta y espacioso el camino que llevan a la muerte eterna. Difícil es la salvación – fácil es la perdición del hombre.

La vida eterna, o sea la inmortalidad de nuestro Yo, es lo que hay más ancho y espacioso en sí mismo porque es el propio Infinito y Eterno – pero el proceso para realizar en nosotros, individualmente, ese estado es tan arduo que pocos lo consiguen, por lo menos en la existencia terrestre.

De infinita alegría y felicidad es la meta – de grandes luchas y sufrimientos es el método.

¿De dónde viene esa dificultad?

Viene de la transición de un estado de nuestra vida, ya antiguo, conocido y fácil, que es la experiencia de nuestro ego físico-mental – para otro estado, nuevo, casi totalmente desconocido, y por eso difícil, al menos en su comienzo. La continuación puede ser fácil, pero toda iniciación es difícil. Un violinista virtuose, un “iniciado” en ese arte, no encuentra dificultades en tocar con perfección la más difícil de las músicas – pero un violinista principiante, que apenas está comenzando, tiene que concentrar al máximo su atención y su esfuerzo mental para no errar las notas. Lo que para aquel es gozoso, para este es aún doloroso. Amar a los enemigos es fácil para Cristo, pero muy difícil para cualquier discípulo de Cristo no cristificado.

“Discípulo” y “disciplina” vienen de la palabra latina “discere”, que quiere decir “aprender”. Lo que es fácil y gozoso para el Maestro es difícil y doloroso para el aprendiz.

Todo lo que se refiere a las actividades de nuestro ego personal – en el mundo de los sentidos, de la mente y de las emociones – es fácil para nosotros, porque es una rutina de largo tiempo, que corre sobre rieles previamente alineados, fue practicado durante años y decenios por nosotros individualmente, y por muchos milenios por la humanidad considerada como especie colectiva. Todo hombre normal encuentra fácil y gozoso comer, beber, dormir, disfrutar los placeres sexuales; es fácil y deleitable adquirir y poseer bienes materiales, conservarlos y aumentarlos cada vez más; esa incesante caza a la materia muerta o a la carne viva es el alfa y el omega de la inmensa mayoría de los hombres que conocemos. Es fácil y fascinante oír elogios, ser estimado, amado, aplaudido como un super-hombre, talento o genio, porque todo eso acaricia nuestro viejo ego físico, mental y emocional. En esta zona no se requiere “disciplina”, o sea el arte de “discere”, de aprender, porque todas esas cosas se desarrollan en nosotros con automática facilidad.

Sin embargo, es difícil y doloroso renunciar a nuestras posesiones materiales, a nuestros placeres sensuales, a los elogios y a la estima de nuestros semejantes, porque esas cosas se refieren, no a nuestro Yo espiritual – que es, para la mayor parte de los hombres, una gran incógnita, tal vez un objeto de creencia, pero para poquísimos experiencia propia – sino al pequeño ego. Aquí se requiere “disciplina”, el arte de aprender, de ser aprendiz o discípulo. Es sicológicamente claro que al hombre no le pueda gustar algo que ignora y que no pueda tener facilidad para algo que no practicó; faltan los rieles alineados y falta también el timón de la máquina para suavizar los movimientos. Es “puerta estrecha y camino apretado”.

Los grandes maestros espirituales conocían por experiencia propia, de larga práctica, esa zona maravillosa y, frente a su fascinante grandeza y belleza, perdían el interés por las cosas primitivas del mundo externo, que, para los ignorantes e inexperimentados, constituye el codiciado objetivo del bullicioso alboroto cotidiano. Ellos son los sapientes y universitarios del espíritu – nosotros, los insipientes y analfabetos de la gran realidad. Los verdaderos “realistas” son esos grandes iniciados en el mundo de la suprema y única Realidad – nosotros, los “irrealistas” o “seudo-realistas”. Todo hombre fascinado por el mundo objetivo es irrealista, aunque, allá en su profunda ignorancia, él se considere realista y piense que el hombre espiritual es un irrealista y soñador de espejismos.

Un hombre ignorante, habituado a divertirse en tabernas inmundas y clubes de baja categoría, no comprendería el “mal gusto” de los que se deleitarían en una sociedad de artistas o filósofos; no posee la antena receptiva para tan altas vibraciones.

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Entre la experiencia de nuestro viejo ego y la experiencia de nuestro nuevo Yo (aunque en verdad sea antiquísimo en sí mismo) el hombre puede asumir una de dos actitudes, diametralmente opuestas una de otra: puede asumir la actitud de creer o la actitud de no creer en aquello que aún ignora y desconoce.

La actitud de creer es algo intermediario entre la simple experiencia físico-mental del viejo ego y la experiencia espiritual del nuevo Yo; es algo equidistante de ésta y de aquel polo extremo. La experiencia del ego se basa en los sentidos y en el intelecto (tanto mental como de la voluntad) – mientras que la experiencia del Yo nace de la razón espiritual, el alma, el espíritu de Dios en el hombre. La inteligencia tiene la irresistible tendencia de investigar el mundo externo de los objetos, pudiendo llegar hasta invadir las zonas extra-telúricas, lanzando satélites y planetas para los espacios siderales, o indagar físicamente esos espacios. La razón espiritual no está interesada en esa investigación del mundo externo de las cantidades, sino que va en demanda del mundo interno de la cualidad, porque, en su profunda sabiduría, ella sabe que las cantidades son derivadas e ilusorias, mientras que la cualidad es original y verdadera.

Ahora bien, entre esta sabiduría y aquella ignorancia, entre el no saber y el saber, está el creer, el misterioso mundo de la fe, en el sentido teológico, que consiste en un acto de buena voluntad, de aceptación de algo de cuya realidad no se tiene aún experiencia directa. Fe, en el lenguaje de Jesús, es idéntica a la experiencia, o sea, un contacto directo con la Realidad, mediante la intuición de la razón espiritual, o revelación divina.

Nuestro creer, la fe teológica, es, sobre todo, un acto volitivo, una actitud de nuestra voluntad. Creer es querer. El creer traspasó al hecho intelectual mental, pero aún no alcanzó el comprender racional, que es el saber (o saborear) espiritual. Cuando el hombre comprende racionalmente, sabe como el mundo sabe, porque le tomó el sabor por experiencia inmediata. El verdadero sapiente o santo es aquel que  saborea el mundo espiritual y, por esto, es el único que realmente sabe del sabor del mundo de Dios.

Pero esa transición del creer de la voluntad para el saber espiritual exige una intensa y larga disciplina porque entre el creer y el saber hay un abismo inmenso o una montaña altísima a superar. Aquí está propiamente la “puerta estrecha” y el “camino angosto”. La transición del no creer para el creer es fácil cuando es comparada con la transición del creer para el saber. El hombre profano, el no creyente, puede pasar a ser un creyente, pero a pesar de esto continuar siendo un profano. El no creyente es un  profano de mala voluntad, el creyente es un profano de buena voluntad – pero ambos son profanos, porque ninguno de ellos sabe por experiencia lo que es aquello en lo que se cree o no se cree. La profanidad florece para más allá de todas las tinieblas de las incredulidades y de todas las penumbras de las creencias, porque ese florecer es el día radioso del saber integral, directo, inmediato, de la propia Realidad, que es el Dios eterno e infinito.

Creer es algo penúltimo – lo último es saber.

Creer es necesario – pero es insuficiente.

Nadie puede saber sin que primero crea. Nadie puede dar el último paso sin pasar por el penúltimo.

Si es difícil para el hombre inteligente creer – dificilísimo es para el hombre creyente saber.

El simple entender, el acto intelectual mental, es la vida ideal del ego; es en esa zona  de la ciencia intelectual que el hombre profano vive y se divierte habitualmente, y en esa zona la personalidad luciférica puede celebrar sus mayores triunfos, puede llegar inclusive al más intenso satanismo anti-espiritual, si lo quiere.

Ese simple acto intelectual es perfectamente compatible con el no creer y, cuando es unilateral, lleva ciertamente a la incredulidad total.

Con el despuntar de la creencia, del creer de la voluntad, comienza una especie de agonía para el orgulloso intelecto, porque este se ve obligado a aceptar algo que él no puede analizar científicamente, lo que es humillante para el intelecto.

Pero esa agonía no termina en la muerte total del ego.

Esa muerte total solo ocurre con la transición del creer para el saber.

El sapiente murió tanto para la inteligencia como para la creencia. Dejó de ser un inteligente y dejó de ser un creyente. Su sapiencia por experiencia de la suprema Realidad devoró todas las irrealidades y semi-realidades inferiores, del plano del intelecto y de las creencias.

Ese hombre es grandemente libre, un verdadero redimido de la vieja esclavitud del mundo de los objetos en los que se mueven los inteligentes y los creyentes. Dejó de ser profano y se tornó iniciado, lo que no quiere decir que sea un hombre plenamente realizado. Iniciado es aquel que hizo un inicio, o sea, que abandonó sus serpenteos oscilantes e inciertos y puso el pié al principio de una línea recta que lo llevará rumbo a su destino final.

Muchos son los profanos.

Pocos los iniciados.

Poquísimos los realizados.

Aquí en el planeta tierra tenemos noticia de un único hombre plenamente realizado, libre y redimido de la ilusión de los objetos, y por esto mismo, Redentor, Hijo de Dios e Hijo del Hombre.

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¿Por qué es tan difícil pasar del acto intelectual para el creer y del creer para el saber?

Porque el usar del intelecto o el entender mental es campo usado, conocido y firme – mientras que el creer es campo misterioso, incierto – y saber es un mundo totalmente ignoto para la mayor parte de los hombres, inclusive los creyentes. Ahora bien, la ley de la conservación exige que pisemos en terreno conocido y garantizado; de lo contrario, corremos el peligro de que dejemos de existir. No sacrificar lo cierto por lo incierto – es imperativo categórico de la biología en todos los sectores de la vida.

Si no hubiera, en las profundidades de la naturaleza humana, algo que nos garantizara la existencia más allá de las fronteras de lo inteligible, no debería el hombre cruzar esa peligrosa frontera mental.

Para el animal, hasta lo intelectual, si de eso fuera capaz, representaría un peligro, porque para él solo el sentir le da la seguridad vital de existencia. El uso del intelecto sería, para el animal, una especie de suicidio – así como creer es un suicidio para el hombre simplemente inteligente – y el más completo suicidio, o egocidio, es la transición del creer para el saber. Quien quiera, en todo caso, conservar esa su vida de creyente no puede entrar en la vida del sapiente – así como un feto humano que se rehusara a “morír” a la vida intrauterina no podría vivir su propia vida fuera de las entrañas maternas.

El profano no está aún concebido.

El creyente ya lo está, sin embargo no ha nacido, apenas en vía de hacerlo.

El sapiente ya es un nacido, un pleninato.

La fe, el creer, es un puente misterioso entre un mundo conocido y un mundo desconocido; es una remota visión de la suprema y única Realidad; es la voz de nuestra origen, el eco del infinito dentro de nuestro finito.

El heliotropismo de la planta, que la lleva a volverse siempre hacia el sol, aún cuando se encuentre oculto por detrás de las nubes, o no haya emergido aún del horizonte, ese heliotropismo (como la propia palabra lo indica) es la voz del sol dentro de la planta; pues la planta es hija del sol; ella es luz solar en estado potencial. El heliotropismo es el eco solar dentro de la vida de la planta, que anhela el sol porque vino del sol y vive del sol. Para la planta heliotrópica, el sol es al mismo tiempo trascendente (actual) e inmanente (potencial). La planta, por así decir, cree en el sol, y por esto puede crecer, porque su crecimiento es una progresiva lucificación, un proceso solar dentro de la hija del sol.

Ahora bien, siendo el hombre esencialmente divino – aunque la consciencia de su divinidad se encuentre, por ahora, en estado potencial latente – la voz de Dios puede despertar en él el eco o la reminiscencia de su origen divino. Cuando el hombre escucha en si esa voz de Dios, que es la voz de su verdadero Yo, entonces él cree, tiene fe. Y ese creer es el primer paso para el saber.

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¿Qué le falta al creer para culminar en el saber?

Falta el más angosto de los caminos, falta la más estrecha de todas las puertas – falta que el hombre pase por el “ojo de la aguja”, despojándose de todo lo que tiene y quedándose solamente con aquello que es él. “Quien quiera ser mi discípulo renuncie a todo lo que tiene”.

Ese SER desnudo, libre de todas las impurezas del TENER, es el que es el paso mortífero que lleva a la vida eterna.

Todo hombre que pasa por esa muerte mística entra en la vida eterna.

Todo hombre que se rehúsa a pasar por esa muerte mística cae víctima de la muerte eterna.

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Estrecha es la puerta

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Ornamentación

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